Tuve que ser yo quien molestara al susceptible Morfeo.
24 horas de guardia, 24 horas de servicio. Fue lo suficiente para que el dueño me hiciera jefe. Tuve el tiempo justo para tomar las riendas del negocio y echarlo a perder.
Y es curioso que , cuanto más pienso en ello, más me doy cuenta de lo mucho que el dueño peleó por no dejarme tomar el timón. Pero ya lo dijo la tortuga milenaria, “uno siempre encuentra su destino en el camino que toma para evitarlo”.
Así que, como te digo, todo lo que el dueño hizo para intentar retenerme, a mi, su mejor amigo, que llevo con él todo este tiempo, fue un fútil esfuerzo que resultó en la forma más rápida de darme la ilusión de controlar el negocio.
Estoy aquí sentado, contándote esto y sigo pensando que todo pasó por casualidad, que un accidente hizo que el dueño me dejara ser el jefe. No sé, la química del insomnio, el fallo neuronal de mis trastornos, algún medicamento mal recetado... Pero, pese a no creer en el destino, no dejo de pensar de nuevo en la vieja tortuga y creerme eso de que los accidentes no existen.
Estoy aquí por algo y cuando cumpla lo que sea que he venido a hacer, puede que el dueño y yo dejemos de pelear y seamos de nuevo uno mismo.
Mientras tanto sigo buscando una solución. Sea como sea, le quiero.
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