miércoles, 16 de junio de 2010

Punto y aparte

Una de las muchas cosas que tenemos en común el dueño y yo es la aversión, pánico, fobia.., a las agujas. Exactamente a las agujas de las jeringuillas.

Yo me he desmayado en la cola para una analítica y el dueño me contó que una vez quiso donar sangre y el enfermero del autobús estuvo apunto de llevárselo a urgencias de lo malo que se puso... Hombres fuertes y rudos, nosotros los gañanes...


Con las drogas, las que recetan los de la bata, pasa algo parecido. El dueño huyó hace tiempo de ellas y yo me convertí en yonki. Ahora les he cogido asco. Tanto que las he dejado de golpe y amigo, el mono del tabaco es un juego de críos al lado de esto.


Soy un extremista y no me concedo mucho más que blanco o negro, de ahí el hacer el gilipollas de esa manera y cortar con todo de un día para otro. Estoy cansado de estar todo el día deambulando, de tener menos memoria que Dori, la de Nemo, de los protectores de estómago y de los efectos secundarios, terciarios descritos o por describir.

Tener el mono es una mierda. Es una puta mierda. Es parecido a estar enfermo de muchas cosas y de nada al mismo tiempo, es complicado.

Sobrellevarlo no es tan duro como lo cuento. Llevo muchos años con insomnio y vivir así, siendo un noctámbulo, cambia el modo en el que el cuerpo regula su química, así que muchas reacciones no me son del todo desconocidas.


Como te cuento, esto es una mierda, seguro que conoces a alguien que pase por algo parecido, pero merece la pena. ¿O no?


La verdad es que un combinado de Diazepam y Tetrazepam te hace flotar un rato. Al principio es hasta agradable, tanto que realmente llegas a creer que es bueno.

Joder, lo echo de menos.

Con la Fluvoxamina y el Litio no es tan bueno, pero pasado el mal rato, también se echa de menos.


La verdad es que hasta esta misma tarde se me pasaba por la cabeza, al menos una vez al día, una pastillita o dos, sólo eso y ya está. He tenido las cajas en las manos durante largo rato, en calzoncillos, de madrugada y solo en la cocina de casa. Hubiera sido más fácil.


Pero siempre hay un punto de inflexión que, en el caso de mi aburrida historia, vino de la mano de quien no miente (no era un borracho).

Esta tarde, antes de recoger y fregar estaba jugando con mis hijos en la cama a comérmelos, claro (les chifla), y en un descanso, después de la risa, mi hija me ha dicho: “papa, porqué ya no estás enfadado siempre, ¿ahora nos quieres más?”


Con 5 años, lo poco que la veo y en sólo a penas un par de meses la cría se ha dado cuenta de que ahora, pese al mono, soy más persona.

Ella nació cuando el dueño del garito hacía tiempo que se había ido y ella es la esperanza que tengo de volver a verlo algún día.


Mi hija ha visto que una vez fui el dueño y me ha convencido que puedo volver a serlo.


Es mi quinta lección de vida. Un gran viejo que conocí me dijo una vez que las personas sólo deberíamos tener dos lecciones de vida: una para rectificar y otra para aprender. Yo llevo ya cinco, pero no me preguntes cuales. Las otras cuatro son personales.


Así que decidido ya que un mono no va a ser más animal que yo, vamos a dar paso a dos clásicos.

Hoy he empezado un tratamiento homeopático (clásico 1: medicina milenaria). Es todo natural, las bolas saben a caramelo (aunque el extracto de amapola está malo...) y es fácil. No hay reacciones adversas ni dolores de nada. Chupado.


Además, he desenpolvado los escritos y libros del dueño (clásico 2: lecturas y manuscritos de un superdotado echado a perder) y el Lunes voy a empezar a cuidar mi cuerpo.


Tengo la esperanza de poder dejar el local bien limpio, arreglar las goteras, los desconchones, las luces fundidas...


Seguro que cuando el dueño vuelva entra contento en su sitio, del que no debió marchar.


Seguro que a mi hija le encantará vivir con el dueño y olvidar al jefe.


Hoy ha sido un buen día.


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